La disminución temporal de las precipitaciones no significa que los riesgos para el campo hayan terminado. Cuando la nubosidad se disipa, las temperaturas pueden descender con rapidez y abrir una segunda fase de la emergencia, especialmente en sectores interiores, valles, hondonadas y terrenos donde todavía permanece agua acumulada. Al 22 de julio de 2026, el sistema de la Dirección Meteorológica de Chile mantiene disponible su pronóstico de heladas a cinco días, con estimaciones que deben revisarse según la estación y la comuna. Para el periodo comprendido entre el 22 y el 26 de julio se proyectan sectores con temperaturas mínimas iguales o inferiores a 0 °C, aunque la intensidad y duración del fenómeno pueden variar dentro de una misma región. Por esa razón, cada productor debe contrastar el pronóstico general con las condiciones reales de su predio antes de activar medidas de protección.
Heladas blancas y negras: cuáles son sus diferencias
Una helada blanca se produce bajo condiciones de mayor humedad, cuando el agua depositada sobre hojas, frutos y otras superficies se congela y forma cristales visibles. La helada negra, en cambio, suele desarrollarse con aire más seco y puede dañar los tejidos vegetales sin dejar una capa blanca evidente.
La Dirección Meteorológica de Chile explica que una helada meteorológica ocurre cuando la temperatura del aire, medida a 1,5 metros del suelo, llega a 0 °C o menos. Además, señala que las heladas por advección pueden presentarse después del paso de un sistema frontal, cuando ingresa una masa de aire frío procedente de latitudes altas.
El impacto sobre los cultivos no depende únicamente de la temperatura mínima registrada. También influyen la duración de la exposición, la especie, la variedad, el estado fenológico, la humedad ambiental y las condiciones del terreno. SENAPRED indica que estos factores pueden determinar la formación de hielo o escarcha y los posibles daños en la vegetación.
Durante las pausas sin lluvia, los agricultores deberían comprobar la humedad del suelo, revisar los sectores bajos del huerto e identificar raíces expuestas, árboles inclinados o zonas donde el agua pueda provocar asfixia radicular. En cultivos sensibles, la evaluación debe incorporar el pronóstico comunal, el estado fenológico y la capacidad efectiva de utilizar sistemas de protección sin aumentar los riesgos para las personas.



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