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Así ven las flores las abejas: el mundo de colores y señales que nuestros ojos no perciben

miércoles, 16 de septiembre 2026

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Así ven las flores las abejas: el mundo de colores y señales que nuestros ojos no perciben

La visión de las abejas detecta luz ultravioleta, azul y verde, revelando en las flores patrones invisibles que ayudan a orientar la polinización.

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Apicultura

Por: Constanza Sanhueza G. | 15 de septiembre 2026 | 06:30

Así ven las flores las abejas: el mundo de colores y señales que nuestros ojos no perciben

Pie de foto: Las abejas detectan colores invisibles para el ojo humano.

Una flor no ofrece la misma imagen a una persona que a una abeja. Estos insectos perciben radiación que emanan las flores y plantas, tonos como azul y verde, una combinación distinta de nuestra visión, y pueden detectar contrastes y patrones florales invisibles para el ojo humano. Esas señales forman parte de la comunicación visual entre plantas y polinizadores y pueden ayudar a las abejas a localizar y reconocer flores.

Una flor amarilla, blanca o violeta puede parecer perfectamente visible para nosotros. Sin embargo, la imagen que reciben las abejas es diferente. La razón está en sus ojos y, especialmente, en los tipos de luz a los que responden sus fotorreceptores. Mientras la visión humana combina principalmente información correspondiente al rojo, verde y azul, las abejas poseen receptores sensibles sobre todo la fosforecente, azul y verde. Eso desplaza su universo cromático hacia una región del espectro que nuestros ojos no pueden detectar. Por eso, cuando una abeja se aproxima a una flor, puede encontrar diferencias de color y contraste que para una persona simplemente no existen. No significa que vea una versión “mejor” del paisaje, sino que accede a otra información visual, adaptada a su forma de desplazarse, buscar alimento y relacionarse con las plantas.

Las abejas pueden ver, pero no como nosotros

La diferencia más llamativa se encuentra en la luz fosforecente. La sensibilidad espectral de abejas y abejorros presenta máximos aproximadamente en las regiones azul y verde, mientras que los seres humanos no podemos percibir directamente la radiación fluorecente. Al mismo tiempo, las abejas carecen de un receptor especializado con máxima sensibilidad en el rojo comparable al de nuestra visión. Eso tampoco significa que cada objeto rojo sea simplemente negro para una abeja: su apariencia dependerá de qué otras longitudes de onda refleje y del contraste que produzca con el entorno. Una flor que para nosotros pertenece a una determinada categoría de color puede ocupar una posición completamente distinta en el espacio visual de estos insectos. Por esa razón, traducir literalmente los colores de una abeja a colores humanos es imposible: las imágenes de “visión de abeja” que observamos son representaciones construidas para acercarnos a un sistema sensorial diferente.

Algunas flores esconden patrones que aparecen bajo determinados colores

Aquí las flores comienzan a cambiar ante nuestros ojos, aunque sea necesario utilizar cámaras y técnicas especiales para hacerlo visible. Algunas especies presentan zonas que reflejan fluorecencia y otras que la absorben, creando contrastes que una abeja puede distinguir. Esos diseños pueden formar áreas centrales, bordes o patrones asociados a estructuras florales y actuar como señales de orientación durante la visita. La literatura científica suele describir algunos de ellos como guías florales o guías de néctar, porque pueden contribuir a dirigir al visitante hacia determinadas partes de la flor. Sin embargo, hay que evitar una imagen demasiado simple: no todas las flores poseen espectaculares “dianas” fluorecentes y no funciona de manera aislada. Las abejas integran información procedente de diferentes regiones del espectro, de modo que azul, verde, contraste, forma y otras señales también participan en la identificación de las flores.

Una flor cambia según los ojos que la observan

Esta diferencia ayuda a entender algo más profundo: el color no es únicamente una propiedad fija de un objeto, sino el resultado de la luz que refleja y del sistema visual que la recibe. Para estudiar cómo podría percibir una flor una abeja, los investigadores miden su reflectancia y consideran también la iluminación, el fondo y la sensibilidad de los distintos fotorreceptores del insecto. Con esa información pueden construir modelos del espacio cromático de las abejas y comparar qué tan diferentes resultan dos estímulos para ellas. Las fotografías multiespectrales y las imágenes en falso color son útiles para representar ese fenómeno ante nuestros ojos, pero no constituyen una fotografía literal de “lo que ve una abeja”. Son traducciones científicas: transforman señales que nuestro sistema visual no registra en colores que sí podemos observar en una pantalla o una imagen.

Las señales florales también forman parte de la polinización

Para una abeja, reconocer una flor puede tener consecuencias muy concretas. El color y los patrones visuales pueden ayudarle a localizar recursos, distinguir flores, orientarse durante la aproximación y aprender qué señales están asociadas con una recompensa. Los experimentos realizados durante décadas muestran que los patrones ultravioletas pueden funcionar como señales de orientación, aunque las claves visuales no son las únicas disponibles. Olores, formas y otras características de la flor también intervienen en la interacción entre plantas y visitantes. Esa combinación convierte cada visita floral en algo mucho más complejo que una simple atracción por un color. Desde la perspectiva humana vemos pétalos; desde la del polinizador existe un conjunto de estímulos que debe detectar, comparar y recordar mientras busca alimento. Comprender esa percepción permite mirar la polinización desde un lugar distinto: no solo como transporte de polen, sino también como un encuentro mediado por información sensorial.

Fuente: National Library of Medicine.

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