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Por primera vez, detectan descargas de corona en copas de árboles durante tormentas eléctricasdomingo, 13 de septiembre 2026
Por primera vez, detectan descargas de corona en copas de árboles durante tormentas eléctricas
Descargas de corona en árboles fueron detectadas en 2024 con cámara UV solar-blind; emisiones ~10¹¹ fotones y corrientes ~1 μA.
Ciencia y Tecnología
Por: Yexika Montilla | 02 de marzo 2026 | 10:38
Pie de foto: “Los destellos UV casi invisibles de las descargas de corona, medidos en campo por investigadores de Penn State, sugieren que las copas podrían ‘brillar’ de forma imperceptible durante tormentas eléctricas.”
Un equipo de la Universidad Estatal de Pensilvania registró por primera vez en exteriores el brillo ultravioleta de descargas eléctricas débiles (“coronae”) en las copas de árboles durante tormentas en Carolina del Norte (EE. UU.), en el verano de 2024. Para lograrlo montaron un sistema óptico y una cámara “solar-blind” en un vehículo, porque la luz visible de estas descargas es demasiado tenue. El estudio, publicado en Geophysical Research Letters (AGU), abre una vía para medir corrientes y evaluar posibles efectos en hojas, dosel y química del aire.
Bajo una tormenta, el bosque puede parecer inmóvil. Pero, si la cámara mira en ultravioleta, las copas cuentan otra historia: destellos brevísimos que nacen en las puntas de hojas y agujas, se agrupan, se apagan y vuelven a aparecer con el vaivén del viento. Esos destellos —casi invisibles para el ojo humano— son coronas, descargas eléctricas débiles que la ciencia sospechaba desde hace décadas en árboles expuestos a campos eléctricos intensos. En 2024, investigadores lograron verlas y medirlas al aire libre por primera vez, una pieza que faltaba para entender cómo interactúan tormentas, vegetación y atmósfera sobre grandes superficies de bosque.
Qué se observó y por qué importa
Las observaciones ocurrieron durante varias tormentas en la costa este de Estados Unidos en el verano de 2024, con un caso central en Carolina del Norte. El equipo detectó señales ultravioletas que seguían el movimiento de las ramas y aparecían en grupos sobre puntas de hojas, un patrón difícil de atribuir a reflejos o ruido electrónico. El hallazgo es relevante por dos razones: primero, porque confirma en campo un fenómeno que se había inferido de forma indirecta; y segundo, porque sugiere que, bajo ciertas condiciones, decenas o cientos de puntos en una sola copa podrían estar descargando a la vez, elevando el fenómeno de “curiosidad” a posible factor ambiental repetido en cada temporada de tormentas.
El meteorólogo Patrick McFarland, autor principal, resume el cambio de estatus del fenómeno con una frase corta: “Ahora sabemos que existen”. Esa evidencia concreta permite pasar de la especulación a preguntas medibles: ¿cuánta corriente circula por la estructura del árbol en esos minutos? ¿Qué parte de la energía se va en luz ultravioleta? ¿Se repite lo suficiente como para dejar huella en el dosel (las copas) a escala de bosque? El trabajo no afirma aún impactos ecológicos definitivos, pero sí aporta un primer “termómetro” para cuantificar un proceso que antes era, literalmente, demasiado tenue para verse.
Qué es una descarga de corona y por qué casi nadie la ve
Una descarga de corona aparece cuando un campo eléctrico fuerte concentra carga en una región muy puntiaguda —una aguja de abeto, el borde de una hoja, un pararrayos— y el aire cercano empieza a ionizarse. No es un rayo: no hay un canal brillante que conecte nube y tierra. Es una descarga “suave”, pegada a la superficie, capaz de producir un resplandor y radiación en bandas específicas, incluyendo ultravioleta. En el caso de las tormentas, la separación de cargas en la nube eleva el campo eléctrico cerca del suelo; el árbol, por su forma y altura, actúa como “amplificador” en miles de puntas diminutas repartidas por la copa.
El problema para detectarlas al aire libre es la luz ambiental. En laboratorio pueden verse como un brillo azulado si todo está a oscuras, pero bajo un cielo tormentoso la señal visible queda ahogada. Por eso el estudio se apoya en ultravioleta “solar-blind”, una ventana espectral donde la radiación del Sol no domina y el contraste mejora. Según la descripción del sistema, la cámara se enfocó a longitudes de onda aproximadas entre 255 y 273 nm, lo que permite aislar la firma UV de las coronas aun cuando el entorno parezca simplemente gris. En términos prácticos: sin ese truco óptico, el bosque seguiría “apagado” incluso cuando estuviera chisporroteando.
Del laboratorio al bosque: el método (la minivan y el periscopio)
Para pasar del laboratorio al mundo real, el equipo diseñó un sistema móvil capaz de medir tanto las emisiones UV como el entorno eléctrico y meteorológico. El instrumento clave fue un conjunto óptico tipo telescopio acoplado a una cámara ultravioleta, alimentado por un periscopio en el techo del vehículo. La lógica es simple: apuntar a ramas específicas desde un lugar relativamente protegido, registrar video UV y, al mismo tiempo, medir variables que condicionan la aparición de coronas, como el campo eléctrico ambiental. La elección del “laboratorio con ruedas” no es un detalle pintoresco: sin movilidad, es casi imposible “estar” donde la tormenta y el árbol adecuados coinciden en el momento exacto.
La escena tiene algo de expedición artesanal y de ingeniería de precisión. McFarland contó que para instalar el sistema hubo que intervenir el vehículo de forma irreversible: “Cortamos un agujero en el techo”. Con el equipo listo, se enfocaron en árboles concretos —incluido un liquidámbar (sweetgum) y un pino— y registraron destellos UV que duraban fracciones de segundo a pocos segundos, a veces “saltando” entre hojas cercanas. El estudio describe estas detecciones como la primera cuantificación directa de coronas en árboles bajo tormenta, con una instrumentación pensada para que la naturaleza no “desaparezca” la señal.
Resultados medidos: señales UV, duración y magnitudes
El análisis del material mostró eventos repetidos: grupos de señales UV que aparecían en puntas de hojas, seguían el balanceo de las ramas y se extinguían. En informes de divulgación asociados al trabajo se menciona un conjunto de detecciones durante un episodio prolongado, con decenas de eventos en el transcurso de aproximadamente hora y media; el artículo científico, en cambio, pone el foco en la primera caracterización cuantitativa, más que en el recuento absoluto. La consistencia del patrón —señales puntuales en bordes y puntas, correlacionadas con condiciones de tormenta— es el argumento central para atribuirlas a coronas y no a artefactos de cámara.
En cuanto a magnitudes físicas, el estudio reporta emisiones UV centradas alrededor de 260 nm, con órdenes de magnitud de emisión del tipo ~10¹¹ fotones, asociadas a corrientes del orden de microamperios (~1 μA) en el sistema observado. Son números pequeños frente a un rayo, pero no irrelevantes cuando se multiplican por miles de puntas en un dosel completo y por la frecuencia de tormentas a lo largo de una temporada. Además, el trabajo subraya una relación útil: la radiación UV medida puede servir como proxy (indicador) de la corriente asociada, abriendo la puerta a monitoreo no invasivo en campañas futuras.
Qué podría cambiar: hojas, dosel y química del aire
El impacto biológico directo todavía es una hipótesis en construcción, pero hay indicios claros de interacción física. Las coronas pueden dejar quemaduras sutiles en las puntas de hojas o agujas en tiempos muy cortos; el equipo plantea que, si el fenómeno es ubicuo, la repetición a lo largo de múltiples tormentas podría afectar partes expuestas del dosel. Una posibilidad es el daño a la cutícula, la capa cerosa que ayuda a reducir deshidratación y a filtrar radiación. El estudio no concluye “daño a escala de bosque”, pero sí justifica que ecólogos y botánicos entren en la conversación: si las copas reciben este estrés eléctrico una y otra vez, podría existir presión selectiva hacia formas, hojas o arquitecturas que lo minimicen.
Hay además un ángulo atmosférico que viene de trabajos previos del mismo entorno de investigación: las descargas de corona pueden contribuir a generar especies químicas reactivas en el aire. Estudios anteriores han explorado la producción de oxidantes asociados a procesos eléctricos en tormentas y coronas, con implicaciones potenciales en química local del aire cerca de bosques durante eventos convectivos. Con la nueva capacidad de “ver” coronas en árboles reales, esa línea puede conectarse con mediciones en campo: no solo si ocurre química, sino cuándo, dónde y cuánta, y si se concentra sobre ciertas especies o estructuras de dosel. La clave será evitar extrapolaciones: primero medir, luego escalar.
Qué viene ahora: medir a escala de bosque sin confundir luz con ruido
La siguiente etapa, según plantean los autores, pasa por ampliar el muestreo: más especies, más regiones, más tipos de tormenta y, sobre todo, más geometrías de observación. Un gran reto es que el dosel no es una superficie plana; la copa crea sombras, oclusiones y cambios rápidos de orientación. Mejorar el método podría implicar sistemas con mayor campo de visión, calibraciones más finas y sincronización con mediciones de campo eléctrico y lluvia. El objetivo es separar tres cosas que en video pueden parecer lo mismo: destellos reales de corona, ruido del sensor y cambios de señal por movimiento de ramas. A medida que crezca el conjunto de datos, será posible estimar la ubicuidad del fenómeno con menos incertidumbre.
También habrá una discusión de “escala”: una copa, una hectárea, un bosque. El estudio abre la puerta a imaginar un brillo ultravioleta extendido sobre grandes áreas, pero el camino hacia esa imagen pasa por cuantificar densidad de puntos activos, duración y condiciones umbral. En periodismo científico, la tentación es quedarse con el espectáculo (“miles de luciérnagas UV”), pero el aporte de fondo es más sobrio: un mecanismo eléctrico real, observado por primera vez en exterior, que puede incorporarse a modelos de interacción tormenta–biosfera y a preguntas ecológicas de largo plazo. Si hay una moraleja, es que la naturaleza no siempre “se ve” con luz visible: a veces, hay que cambiar la ventana.
Preguntas Frecuentes
Fuente: AGU, Sci.News, PubMed


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