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Niño Godzilla en Chile: lluvias, proyecciones y alerta por un invierno 2026 más húmedomartes, 15 de septiembre 2026
Niño Godzilla en Chile: lluvias, proyecciones y alerta por un invierno 2026 más húmedo
Niño Godzilla en Chile reabre la alerta por lluvias: Santiago podría recibir 250 mm en invierno y el Pacífico superar 1 °C de anomalía cálida.
Actualidad Meteorológica
Por: Constanza Sanhueza G. | 14 de abril 2026 | 19:34
Pie de foto: La posible llegada de El Niño en 2026 mantiene bajo vigilancia a Chile, con proyecciones de más lluvias para Santiago y la zona central.
El Pacífico ecuatorial está dejando atrás la fase fría y los organismos internacionales ya ven una ventana probable para el retorno de El Niño durante 2026, aunque con incertidumbre todavía alta. En Chile, esa señal empezó a traducirse en advertencias concretas: la Dirección Meteorológica y el meteorólogo Jaime Leyton coinciden en que el invierno merece vigilancia, pero no por las mismas razones ni con el mismo nivel de certeza. La discusión ya no es solo si lloverá más, sino cuánto de esa expectativa responde a evidencia consolidada y cuánto sigue siendo una proyección en desarrollo
En la salida del verano, cuando Santiago todavía arrastra años de conversación sobre sequía, déficit hídrico y lluvias erráticas, una frase volvió a ordenar la agenda meteorológica: “Niño Godzilla”. El nombre es poderoso, casi cinematográfico, y por eso mismo conviene bajarlo a tierra antes de convertirlo en diagnóstico. Lo que hoy muestran los centros internacionales no es un evento cerrado ni un invierno escrito de antemano, sino una transición: NOAA proyectó el 12 de marzo que la neutralidad dominaría hasta mayo-julio con 55% de probabilidad y que, en junio-agosto, El Niño pasaría a ser el escenario más probable con 62%. La OMM reforzó la misma dirección, pero recordó que los pronósticos emitidos en esta época cargan con la conocida barrera de predictibilidad de la primavera boreal, una limitación que vuelve menos confiables las señales de largo alcance.
Qué se está moviendo en el Pacífico
La señal de fondo sí existe. NOAA informó que La Niña seguía presente en febrero, aunque con enfriamiento debilitándose en el Pacífico ecuatorial y con aumento del calor subsuperficial, una condición que suele vigilarse como antesala de cambios de fase. En paralelo, el boletín estacional de la Dirección Meteorológica de Chile, publicado a fines de febrero, describió un calentamiento costero frente a Perú y Ecuador y planteó una pregunta central para 2026: si ese pulso podría evolucionar hacia un Niño canónico. El mismo documento explica que el calentamiento en la región Niño 3.4 podría superar el umbral oficial de +0,5 °C durante el otoño, intensificarse en invierno y mantenerse elevado en primavera. No es una confirmación definitiva, pero sí una secuencia consistente con un evento cálido en formación.
Ese matiz importa porque, al mismo tiempo que la DMC abría la puerta a un desarrollo de El Niño hacia la segunda mitad del año, su pronóstico estacional para el trimestre marzo-abril-mayo seguía mostrando una condición normal o bajo lo normal en precipitaciones para buena parte de la zona central. Es decir, el eventual giro lluvioso no era inmediato ni automático. En ese mismo boletín, la DMC indicaba que en junio-julio-agosto la probabilidad de desarrollo de El Niño se acercaba al 55%, mientras para septiembre-octubre-noviembre la fase cálida ya superaba el 60% como escenario más probable. La lectura editorial correcta, entonces, no es la de un invierno récord asegurado, sino la de una atmósfera que empieza a alinearse con un cambio de régimen y que obliga a seguir actualizaciones mensuales antes de comprar certezas grandes con evidencia todavía incompleta.
Un nombre enorme para un fenómeno que aún no está cerrado
“Niño Godzilla” sirve como rótulo de impacto, pero no como categoría técnica. NOAA define El Niño con la nomenclatura estándar del sistema ENSO, asociada a temperaturas oceánicas inusualmente cálidas en el Pacífico ecuatorial y a cambios acoplados en la atmósfera. El apodo “Godzilla” aparece más bien en lenguaje divulgativo para referirse a episodios muy intensos, como muestran antecedentes de NASA JPL, pero no reemplaza la clasificación oficial. Ese detalle no es menor: cuando un nombre coloquial entra al titular, también sube el riesgo de sobredimensionar lo que hoy sigue siendo un escenario probable y no un hecho consumado. En periodismo climático, las palabras pesan tanto como los mapas. Un apodo puede atraer clics; una categoría técnica, en cambio, ordena mejor la comprensión, la citabilidad y la discusión pública sobre riesgos reales.
La apuesta de Jaime Leyton para Chile y Santiago
En ese espacio, entre la señal global y la traducción local, entra Jaime Leyton. En Meganoticias, el meteorólogo sostuvo que durante el invierno “salimos de la neutralidad” y que la temperatura del Pacífico pasaría a anomalías positivas superiores a un grado, con proyecciones que incluso rozarían 1,5 °C. Para Leyton, esa magnitud vuelve el escenario “muy significativo” porque los inviernos con anomalías de ese orden han coincidido con temporadas más lluviosas. Su mensaje no se quedó en el océano: lo bajó a una alerta concreta para el país, especialmente entre Coquimbo y La Araucanía, y remató con una frase corta que resume el tono de su advertencia: “lo concreto es que hay que estar preparado”. La fuerza periodística de esa cita es evidente. La tarea editorial consiste en acompañarla con contexto suficiente para que no se lea como sentencia cerrada, sino como proyección atribuida.
La cifra que más ruido hizo fue otra: 250 milímetros para Santiago entre junio y agosto. Según Leyton, ese acumulado equivaldría a un 60% adicional sobre lo normal para el trimestre invernal. El cálculo no aparece solo en una mención al aire; Meganoticias lo desarrolló en dos notas consecutivas y lo vinculó a un invierno con alta probabilidad de materializarse. Si se compara con las normales 1991-2020 de la estación Quinta Normal —80,4 mm en junio, 50,4 mm en julio y 44,1 mm en agosto—, el trimestre suma 174,9 mm. La proyección de 250 mm implicaría, por tanto, un salto de unos 75 mm sobre esa referencia climatológica. Y todavía hay otro dato que ayuda a medir la escala: la misma estación reporta una normal anual de 286,3 mm. Dicho de otro modo, la apuesta de Leyton deja a Santiago a un paso de completar en un invierno casi toda su lluvia anual de referencia.
Lo que respalda y lo que no respalda el escenario
La idea de un Chile central más lluvioso bajo El Niño no nace de la nada. El Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia, CR2, recuerda que el fenómeno ENSO es el modo de variabilidad climática global con mayor influencia sobre la precipitación interanual de Chile central y que, en los inviernos de El Niño, tiende a incrementarse la llegada de sistemas frontales y, con ello, la lluvia en la región. Pero el mismo análisis agrega algo igual de importante: la relación es clara, aunque dispersa. No todos los inviernos con El Niño terminan convertidos en temporadas extraordinarias, y en la última década esa correlación se ha debilitado de forma visible. Esa advertencia obliga a leer con cautela cualquier promesa de “récord” antes de que el océano y la atmósfera terminen de acoplarse y antes de observar cómo se distribuyen realmente los eventos de lluvia dentro del trimestre.
Ahí está la frontera entre una nota útil y una exageración. Lo respaldado es esto: hay calentamiento en marcha, existe una probabilidad relevante de transición a El Niño en 2026, y en Chile ya se discute un invierno potencialmente más húmedo que el promedio. Lo no respaldado, al menos por ahora, es elevar esa cadena de señales a una certeza de invierno récord, o presentar el 60% extra de lluvias como dato oficial cerrado. Incluso NOAA, en su discusión diagnóstica más reciente, señaló que la intensidad final sigue siendo muy incierta y que solo hay una posibilidad de una en tres de que el evento llegue a ser fuerte entre octubre y diciembre. En otras palabras, el escenario lluvioso está sobre la mesa, pero todavía no firmado.
Prepararse sin vender certezas
La consecuencia práctica no cambia demasiado, y quizá por eso esta historia importa más allá del titular. Si la zona central entra al invierno con mayor disponibilidad de humedad y con una señal oceánica más cálida, municipios, servicios de emergencia, concesionarias, agricultura y hogares ganan poco discutiendo el nombre del fenómeno y mucho revisando drenajes, cauces, puntos críticos y planes de respuesta. La meteorología seria trabaja así: combina señales globales, probabilidades regionales y vigilancia continua, no consignas terminantes. El desafío para el periodismo es parecido. Se puede contar que el “Niño Godzilla” asoma en el horizonte chileno, pero conviene hacerlo con verbo de pronóstico, no de certeza; con cifras atribuidas, no desnudas; y con una idea final más honesta que espectacular: el invierno de 2026 todavía no está escrito, aunque ya empezó a avisar que podría ser distinto.


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