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Investigadores surcoreanos convierten desechos de madera en baterías térmicas pasivas para edificiosdomingo, 13 de septiembre 2026
Investigadores surcoreanos convierten desechos de madera en baterías térmicas pasivas para edificios
Las baterías térmicas pasivas usan residuos de madera para almacenar 223% más calor y recortar hasta 54% costes climatización.
Innovación/Medio Ambiente
Por: Yexika Montilla | 06 de febrero 2026 | 16:25
Pie de foto: Residuos de madera transformados en biocarbón forman la base de una batería térmica pasiva que reduce la demanda de climatización en edificios y actúa como sumidero de carbono integrado.
Un equipo de investigación en Corea del Sur ha desarrollado un material compuesto a partir de residuos de madera capaz de almacenar hasta un 223% más energía térmica que soluciones convencionales. El sistema, basado en biocarbón, parafina y arcilla natural, funciona como una batería térmica pasiva que absorbe y libera calor sin consumo eléctrico directo. Integrado en muros y techos, podría reducir hasta un 54% la demanda energética asociada a la climatización en edificios urbanos.
Del residuo forestal al almacenamiento de calor
Lo que hasta ahora se consideraba un subproducto sin valor estructural —restos de poda y residuos de madera— comienza a adquirir un nuevo papel en la arquitectura energética. Investigadores surcoreanos han demostrado que estos materiales pueden transformarse en un componente clave para la gestión térmica de edificios, actuando como una especie de “esponja” capaz de capturar, retener y liberar calor de forma controlada a lo largo del día. El enfoque se apoya en una lógica de economía circular: convertir un residuo abundante en un recurso funcional integrado directamente en la envolvente de los edificios.
La propuesta se enmarca en el desarrollo de materiales de cambio de fase, compuestos diseñados para absorber energía cuando pasan de estado sólido a líquido y liberarla cuando el proceso se invierte. En este caso, el calor ambiental se almacena sin recurrir a electricidad, motores ni sistemas activos, lo que permite suavizar los picos térmicos típicos de los entornos urbanos densos. El resultado es una temperatura interior más estable y una menor dependencia de equipos de aire acondicionado durante las horas de mayor demanda.
Cómo funciona una batería térmica pasiva
El corazón del sistema es una parafina específica, el hexadecano, seleccionada por su temperatura de cambio de fase cercana al rango de confort humano en interiores. Cuando la temperatura ambiente supera ese umbral —por ejemplo, durante las horas centrales del día— el material absorbe calor y se funde. Cuando el entorno se enfría, el proceso se invierte y el calor almacenado se libera de forma gradual. Esta dinámica convierte al material en un regulador térmico silencioso, siempre activo, pero invisible para el usuario final.
A diferencia de las baterías eléctricas, esta “batería térmica” no almacena electrones, sino energía calorífica directamente en su estructura. Tampoco necesita sensores ni sistemas de control complejos: responde de manera pasiva a las variaciones de temperatura. Esa simplicidad es una de sus principales ventajas, especialmente en aplicaciones arquitectónicas donde la fiabilidad a largo plazo y el bajo mantenimiento son factores críticos.
El papel del biocarbón y la arcilla natural
La innovación no reside solo en la parafina, sino en el andamio estructural que la contiene. El biocarbón obtenido a partir de residuos de abeto presenta una red de poros microscópicos que actúan como capilares, atrapando la parafina fundida y evitando fugas durante los ciclos repetidos de fusión y solidificación. A este soporte se suma la montmorillonita, una arcilla natural modificada que mejora la estabilidad mecánica y la conductividad térmica del conjunto.
Esta combinación resuelve uno de los problemas históricos de los materiales de cambio de fase: la degradación y pérdida de rendimiento tras múltiples ciclos térmicos. Frente a soluciones basadas en grafeno o nanotubos de carbono —eficientes, pero costosas y con una huella ambiental elevada— el uso de madera residual y arcilla común apuesta por materias primas abundantes, de bajo impacto y fácilmente escalables a nivel industrial.
Integración en edificios reales
El salto del laboratorio a la obra pasa por la compatibilidad con los sistemas constructivos existentes. Los investigadores ya exploran la incorporación del material en paneles prefabricados de yeso, bloques de hormigón ligero y revestimientos modulares para fachadas y techos. En estos formatos, la batería térmica puede instalarse sin alterar de forma significativa los métodos de construcción tradicionales, un factor clave para su adopción en proyectos de rehabilitación energética.
En regiones con grandes oscilaciones térmicas diarias, el material actúa como un amortiguador que reduce la necesidad de encender sistemas de climatización en las horas punta. Según los resultados experimentales, esta gestión pasiva del calor podría traducirse en reducciones de hasta el 54% del consumo energético asociado a la refrigeración, especialmente en edificios residenciales y educativos. Además, su aplicación en almacenes agrícolas y centros logísticos abre la puerta a una reducción de pérdidas alimentarias ligadas a fluctuaciones de temperatura.
Impacto climático y economía local del material
Más allá del ahorro energético, el uso de biocarbón introduce un beneficio climático adicional: el carbono capturado en la biomasa queda fijado en forma sólida durante décadas. Cada metro cuadrado de material instalado funciona, en la práctica, como un pequeño sumidero de carbono integrado en la infraestructura urbana. Este efecto, acumulado a gran escala, podría contribuir a reducir la huella climática del sector de la construcción, uno de los mayores emisores globales.
El modelo también favorece economías locales del material. Los residuos de poda urbana, limpieza forestal o industria maderera pueden transformarse en biocarbón cerca del lugar de uso, reduciendo costes de transporte y generando empleo en cadenas de valor descentralizadas. No se trata de una solución milagro, pero sí de una pieza relevante dentro del mosaico de tecnologías necesarias para avanzar hacia edificios que consuman menos energía y se adapten mejor a su entorno térmico.
Fuente: Oa.upm.es, MDPI,


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