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INIA prueba producción de uva de mesa con hasta 48% menos agua en la zona central de Chile

lunes, 14 de septiembre 2026

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INIA prueba producción de uva de mesa con hasta 48% menos agua en la zona central de Chile

Ensayo de INIA aplicó 2.943 m³/ha frente a 5.700 m³/ha tradicionales. Postcosecha definirá si mantiene calidad exportable.

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Nacional

Por: Yexika Montilla | 11 de marzo 2026 | 14:35

INIA prueba producción de uva de mesa con hasta 48% menos agua en la zona central de Chile

Pie de foto: Ensayo de INIA La Cruz en uva de mesa evalúa si un manejo de riego con sensores puede reducir hasta casi la mitad el uso de agua en la zona central de Chile sin comprometer la calidad de exportación.

INIA La Cruz y CORFO Valparaíso desarrollan un proyecto para ajustar el riego en nuevas variedades y portainjertos de uva de mesa en la zona central de Chile. En una unidad demostrativa, el manejo con sensores aplicó 2.943 m³ por hectárea hasta cosecha, frente a 5.700 m³ por hectárea bajo el esquema tradicional. La reducción es relevante en un cultivo que sigue siendo uno de los más extendidos del país, aunque la validación decisiva todavía depende de los resultados de postcosecha.

La escena no ocurre en un laboratorio cerrado ni en una parcela experimental aislada. Ocurre en campos de productores, con el ruido normal de una temporada agrícola encima y con una pregunta concreta sobre la mesa: si el agua alcanza cada vez menos, ¿se puede seguir produciendo uva de mesa sin deteriorar la fruta que luego debe cruzar océanos? Ese es el problema que intenta responder INIA La Cruz junto con CORFO Valparaíso en un proyecto de absorción tecnológica que busca convertir sensores, estaciones meteorológicas y manejo de datos en una decisión agronómica más fina. El dato que abrió la discusión es simple y potente a la vez: en una de las unidades evaluadas, el riego ajustado aplicó 2.943 m³/ha hasta cosecha, mientras el manejo de referencia llegó a 5.700 m³/ha en el mismo período. 

Un cultivo grande, pero bajo presión

La uva de mesa sigue teniendo peso en la fruticultura chilena, aunque ya no desde la estabilidad de hace una década. Según ODEPA, la superficie nacional de vid de mesa llegó a 33.155 hectáreas en 2024, con una caída acumulada de 9.949 hectáreas respecto de 2021; en su boletín de febrero de 2026, el organismo volvió a subrayar que es la especie que más ha retrocedido en superficie en los últimos cinco años. En paralelo, el cultivo mantiene relevancia exportadora: el boletín de fruta de enero de 2025 indicó que la uva fue la segunda especie en importancia por valor exportado en la temporada recién terminada, con USD 1,35 mil millones FOB y 528 mil toneladas embarcadas. Ese cruce entre retroceso territorial y peso comercial explica por qué cualquier mejora en eficiencia hídrica tiene un efecto que supera al predio individual.

La apuesta de INIA: regar mejor, no regar más

El proyecto no propone una promesa grandilocuente, sino una intervención acotada y medible. En la ficha oficial del programa, registrada en el Observatorio para la Innovación Agraria, el objetivo general es “generar absorción tecnológica” mediante demostraciones in situ del uso de sensores y determinar sus efectos fisiológicos para hacer más eficiente el empleo del agua. En la práctica, el equipo liderado por el investigador Carlos Zúñiga trabaja con diez agricultores beneficiarios y modifica una sola variable: el riego. El resto del manejo productivo, desde fertilización hasta control de plagas y manejo del dosel, se mantiene comparable al del productor. Esa decisión metodológica importa porque permite atribuir los cambios observados al ajuste hídrico y no a una mezcla de factores. Además, el proyecto tiene un marco temporal definido: INIA lo consigna con vigencia entre el 13 de diciembre de 2024 y el 12 de diciembre de 2026.

El número que cambió la conversación

Los resultados preliminares de la primera temporada fueron difundidos por medios especializados a partir de información de INIA, y ahí apareció el dato que convirtió una experiencia técnica en noticia sectorial: 2.943 m³/ha aplicados por el sistema ajustado, frente a 5.700 m³/ha del manejo tradicional en una unidad demostrativa. La distancia entre ambos registros equivale a una reducción cercana al 48,4%, suficiente para sostener que el proyecto está probando una baja muy significativa del riego sin haber cerrado todavía la discusión de fondo. Zúñiga lo resumió en una frase breve: “casi a la mitad”. En otra proyección atribuida al investigador, el ahorro extrapolado a mil hectáreas sería equivalente al abastecimiento anual de unas 40 mil personas. Esa última comparación ayuda a dimensionar el impacto potencial, aunque sigue siendo una extrapolación y no un resultado agronómico ya consolidado a escala comercial.

La prueba decisiva no está en la válvula, sino en la fruta

En uva de mesa, la eficiencia no termina cuando se cierra una llave. Termina cuando la fruta llega bien a destino. Por eso el proyecto entró ahora en una fase más exigente que la del dato hídrico: la evaluación de postcosecha. De acuerdo con la información difundida por INIA, muestras provenientes tanto del riego eficiente como del manejo tradicional fueron enviadas a un laboratorio de postcosecha de la Universidad de Chile, donde se revisan calibre, firmeza, grados Brix, color y estado del raquis. La elección de esa etapa no es un detalle técnico menor. La propia Universidad de Chile ha destacado, en sus jornadas anuales de postcosecha, el papel de estas tecnologías para sostener la seguridad alimentaria y mejorar procesos frutícolas en cadenas largas de comercialización. En otras palabras, ahorrar agua sirve solo si la fruta sigue siendo vendible.

Tecnología disponible, adopción todavía baja

El proyecto también expone una brecha que el sector conoce hace años: la distancia entre tener herramientas y usarlas bien. Según la cobertura especializada basada en antecedentes de INIA, hoy menos del 10% de los productores de uva de mesa utiliza sensores o estaciones meteorológicas para decidir el riego, y parte de quienes sí los tienen no siempre logra interpretar los datos de manera operativa. Ahí está el segundo frente del programa PATI: traducir tecnología en decisiones simples. Días de campo, material de divulgación y asesoría directa son parte del paquete de transferencia con el que el equipo —integrado además por Alberto Espinoza, Diego García y Camila Martínez— intenta bajar la complejidad al nivel del predio. La pregunta, entonces, ya no es solo si la tecnología existe. La pregunta es si puede volverse rutina antes de que la escasez hídrica termine de redefinir el mapa productivo de la zona central. 

Lo que viene: menos épica, más validación

Lo que hoy existe es un resultado preliminar robusto en consumo de agua y una hipótesis todavía en evaluación sobre calidad exportable. Esa diferencia es clave para no sobreinterpretar el ensayo. Si los análisis de postcosecha muestran que la fruta mantiene atributos comerciales después del almacenamiento y la simulación logística, el proyecto podría abrir una ruta concreta para producir con menos agua en uno de los cultivos históricamente emblemáticos de la fruticultura chilena. Si no, el hallazgo quedará como una demostración útil sobre ahorro, pero insuficiente para una industria que vende condición, apariencia y vida útil. En un contexto donde ODEPA ya registra el retroceso territorial de la vid de mesa y donde la zona central sigue bajo presión hídrica, el valor de esta iniciativa está justamente en eso: reemplazar intuiciones por evidencia productiva.

Preguntas Frecuentes

Fuente: ODEPA, FIA, INIA, Universidad de Chile

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