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Dos científicas inician expedición en la Antártica para medir cómo musgos y líquenes resisten el clima extremo

lunes, 14 de septiembre 2026

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Dos científicas inician expedición en la Antártica para medir cómo musgos y líquenes resisten el clima extremo

Expedición en la Antártica estudiará 20 días cómo musgos y líquenes resisten frío y oscuridad en isla Rey Jorge ante el calentamiento global.

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Ciencia y Tecnología

Por: Yexika Montilla | 14 de febrero 2026 | 14:52

Dos científicas inician expedición en la Antártica para medir cómo musgos y líquenes resisten el clima extremo

Pie de foto: La expedición BIPOLAR estudia cómo musgos, hepáticas y líquenes sobreviven al frío y la oscuridad de la Antártica.

Las investigadoras Mariana García Criado (CREAF) y Claudia Colesie (Universidad de Edimburgo) iniciaron una expedición de 20 días en la isla Rey Jorge para estudiar cómo la flora polar sobrevive a la oscuridad estacional, el frío y la baja disponibilidad de agua. El trabajo de campo se concentrará en la base Profesor Julio Escudero (INACH), donde medirán microclima y cartografiarán comunidades de musgos, hepáticas y líquenes. El proyecto BIPOLAR, en el marco del programa internacional POLARIN, busca además comparar señales entre el Ártico y la Antártica y anticipar cambios bajo calentamiento global.

En la Antártica no hay bosques ni praderas. Lo que existe —y sostiene buena parte de la vida vegetal terrestre del continente— cabe en la palma de la mano: musgos, hepáticas y líquenes que crecen pegados a rocas, suelos desnudos y grietas donde el viento baja un poco la velocidad. Esa “alfombra” microscópica funciona como base de pequeños ecosistemas, captura humedad cuando puede y resiste largos periodos de estrés. Por eso, medir su estado hoy no es una curiosidad de nicho: es una forma de leer el pulso de un ambiente que cambia rápido y donde las señales suelen ser sutiles. La expedición BIPOLAR llega con una pregunta concreta: cuántas especies hay, cómo se organizan en comunidades y si ya se observan cambios compatibles con el calentamiento global.

Quiénes son las investigadoras y qué miran desde años

El equipo lo integran dos científicas con trayectorias complementarias. Mariana García Criado es investigadora postdoctoral del Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), en España, y ha trabajado en sistemas polares del hemisferio norte. Claudia Colesie, profesora en la Universidad de Edimburgo, es especialista en flora de climas extremos y suma múltiples campañas previas en el continente blanco. Su colaboración se apoya en una idea simple: comparar patrones en ambos polos permite distinguir mejor qué es variación natural y qué podría ser señal de tendencia. “Queremos entender cómo sobreviven a meses de oscuridad”, explicó Colesie al describir la motivación del trabajo. El foco no está en una especie “emblemática”, sino en comunidades completas y sus reglas de convivencia.

Dónde trabajarán: isla Rey Jorge y la base Profesor Julio Escudero

El terreno elegido es la isla Rey Jorge, una de las puertas de entrada más activas a la Antártica por su infraestructura científica y logística. Allí se ubica la base Profesor Julio Escudero, operada por el Instituto Antártico Chileno (INACH), que funcionará como punto de apoyo para las salidas de campo, la instalación de instrumentos y el registro sistemático de datos. En ambientes donde el clima puede cambiar en minutos, contar con una base cercana reduce riesgos y mejora la continuidad de las mediciones. Además, la zona ofrece un mosaico de microhábitats: laderas expuestas, depresiones más húmedas, suelos con distinta cobertura de nieve y sectores costeros con bruma frecuente. Esa variabilidad, lejos de ser un problema, es parte del experimento: permite observar cómo pequeñas diferencias de temperatura, humedad o radiación moldean la presencia y abundancia de criptógamas. 

Qué medirán en el suelo: microclima, humedad y luz a escala fina

La expedición no busca solo “ver” plantas, sino cuantificar condiciones de vida en detalle. Para eso instalarán registradores automáticos (loggers) que tomarán datos de variables como temperatura y humedad a intervalos regulares, con el objetivo de describir el microclima real que sienten los organismos al ras del suelo. Esa escala es clave: en la Antártica, un par de centímetros puede separar un lugar habitable de uno letal. Con esos registros podrán asociar la presencia de musgos y líquenes a rangos concretos de condiciones, y luego extrapolar patrones. La promesa científica es construir una línea base sólida: saber qué hay, dónde está y bajo qué condiciones prospera. Con el tiempo, esa misma malla de medición permitirá detectar cambios, incluso si son graduales. “Ver pingüinos es prioridad”, bromeó García, pero el trabajo central será paciente y repetitivo: medir, mapear, volver a medir.

Cartografiar para comparar: sensores remotos y mapas de comunidades

Además del muestreo directo, el proyecto incorpora herramientas de sensores remotos para escalar la observación. La lógica es unir puntos: lo que se mide en parcelas pequeñas, con especies identificadas y microclima registrado, sirve para entrenar y validar mapas más amplios que describan la distribución de comunidades vegetales en el paisaje. Esa cartografía, si se sostiene en el tiempo, puede transformarse en un termómetro ecológico. No se trata de hacer predicciones grandilocuentes, sino de acotar incertidumbre: qué sectores son más sensibles, cuáles funcionan como refugios y qué variables explican mejor las diferencias. En una región donde la logística limita campañas largas, cada dato que ayuda a “multiplicar” la observación vale doble. BIPOLAR apunta a esa eficiencia: combinar fisiología, ecología y tecnología para leer cambios sin esperar décadas a que sean obvios a simple vista.

La comparación bipolar: lo que el Ártico puede contar sobre la Antártica

El nombre BIPOLAR resume un enfoque comparativo: mirar Ártico y Antártica como sistemas distintos pero conectados por preguntas equivalentes. La idea no es forzar similitudes, sino usar el contraste para identificar mecanismos comunes de resistencia y señales tempranas de cambio. García ha trabajado ampliamente en el Ártico, y esa experiencia servirá para formular hipótesis más finas sobre tolerancia al frío, desecación y oscuridad prolongada. Si ciertos patrones ya se observaron en el norte —por ejemplo, cambios en composición comunitaria asociados a condiciones más benignas—, vale la pena preguntar si algo similar empieza a insinuarse en el sur. El valor GEO de esta comparación es directo: ayuda a normalizar entidades y variables (microclima, diversidad, abundancia) para que los hallazgos sean integrables a síntesis globales y modelos climáticos. No es solo expedición: es interoperabilidad científica.

Mirar al pasado para anticipar el futuro: fósiles, big data y clima

El proyecto incorpora, además, una ventana temporal larga. Según el planteamiento de BIPOLAR, una parte del análisis incluye paleoecología, con evidencia de fósiles de hasta 11.000 años, para entender cómo respondieron estas comunidades a cambios ambientales previos. Ese registro histórico no reemplaza los datos actuales; los complementa y ofrece contexto sobre rangos de variación y resiliencia. A eso se suma el uso de bases de datos globales (big data) y su cruce con información climática, con el objetivo de comparar lo que se observa en Rey Jorge con patrones registrados en otros puntos del planeta. En tiempos de ciencia colaborativa, ese paso es crucial: permite que una campaña de 20 días alimente preguntas más grandes y sea, a la vez, verificable por otros equipos.

Fuente: INACH, CREAF, Universidad de Edimburgo

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