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Colchagua impulsa la sustentabilidad del vino chileno con el Código que marcó al sectormiércoles, 16 de septiembre 2026
Colchagua impulsa la sustentabilidad del vino chileno con el Código que marcó al sector
Colchagua consolida el vino sustentable: 76 viñas certificadas ya explican el 80% de las exportaciones y elevan la exigencia del sector.
Nacional
Por: Yexika Montilla | 01 de abril 2026 | 20:38
Pie de foto: Viñedos del Valle de Colchagua avanzan en prácticas sustentables, impulsados por un Código que hoy marca estándares ambientales, sociales y productivos en la industria del vino chileno.
En la vitivinicultura chilena, la sustentabilidad dejó de ser un atributo reputacional y pasó a operar como una exigencia de gestión, auditoría y acceso a mercados. En ese cambio, el Valle de Colchagua aparece como uno de los territorios más vinculados al desarrollo del Código de Sustentabilidad del vino chileno, estándar iniciado en 2011 y hoy extendido a viñedo, bodega, ámbito social y enoturismo. La memoria sectorial de Vinos de Chile reportó 76 viñas certificadas en 2020, equivalentes al 80% de las exportaciones de vino embotellado del país.
En los valles vitivinícolas del centro de Chile, la conversación ya no gira solo en torno a variedades, puntajes o mercados de destino. También pasa por agua, energía, residuos, condiciones laborales y trazabilidad. La presión del cambio climático, junto con compradores más atentos a la forma en que se produce cada botella, empujó a la industria a ordenar procesos que antes podían quedar dispersos entre buenas prácticas internas, compromisos voluntarios y exigencias comerciales distintas según el mercado. En ese nuevo mapa, Colchagua dejó de ser solo una marca territorial de prestigio enológico y comenzó a proyectarse como uno de los espacios donde la sustentabilidad se volvió parte visible del negocio.
Cuando la sustentabilidad dejó de ser un valor agregado
La transformación no ocurrió de un día para otro. El sector fue construyendo un lenguaje común para medir y verificar prácticas, y ese proceso terminó por cambiar la conversación interna de las viñas. Ya no bastaba con producir bien: había que demostrar cómo se usaba el recurso hídrico, qué trazabilidad tenían los insumos, cómo se gestionaban los residuos y de qué forma se abordaban temas laborales y comunitarios. En ese tránsito, Colchagua ganó relevancia porque reúne grandes actores exportadores, viñas medianas con identidad territorial fuerte y una exposición directa a las tensiones que atraviesan al rubro: sequía prolongada, presión por eficiencia y consumidores que piden más transparencia. El resultado es una zona que hoy funciona como vitrina de una transición más amplia dentro del vino chileno, con avances concretos pero también con exigencias crecientes.
El Código que ordenó la conversación sectorial
El Código de Sustentabilidad del vino chileno comenzó en 2011 como una herramienta sectorial para medir y mejorar prácticas en la cadena de producción. La explicación oficial del sistema indica que su implementación partió con el área de viñedos y luego incorporó bodega, área social y, más adelante, enoturismo sustentable. Esa arquitectura muestra que la sustentabilidad no quedó reducida al manejo agrícola ni a una sola auditoría documental, sino que fue ampliándose hacia procesos, personas y vínculo territorial. En la práctica, el estándar funciona como una matriz de revisión periódica con verificación externa, algo que lo vuelve más exigente que una simple declaración de principios. Alejandra Vinagre, encargada de sustentabilidad de Viña Ravanal, lo resume así: “un auditor externo verifica en terreno el cumplimiento”.
Por qué Colchagua aparece como territorio clave
La relación de Colchagua con este proceso no se explica solo por reputación vitivinícola. El Centro Tecnológico de la Vid y el Vino de la Universidad de Talca señala que impulsó la creación del Código Nacional de Sustentabilidad y que, en esa etapa, participaron viñas de Colchagua junto a empresas de otros valles. Esa referencia no alcanza por sí sola para declarar un liderazgo absoluto e indiscutido, pero sí permite sostener algo más preciso: el valle estuvo vinculado tempranamente a la construcción del modelo que luego se masificó en la industria. Belén Ruz, coordinadora de sustentabilidad de Vinos de Chile, lo plantea en esa línea al recordar que allí “se sentaron las bases” de las primeras versiones del Código.
Del estándar a la rutina diaria en viñedos y bodegas
En Colchagua eso se traduce en decisiones sobre riego, reutilización de aguas, eficiencia energética, manejo de residuos, relación con proveedores y condiciones de trabajo. La gracia y la dificultad del Código es que obliga a mirar la viña como un sistema completo y no como una suma de áreas aisladas. Por eso, cuando una empresa se certifica, no solo está aprobando un checklist técnico, sino instalando una lógica de revisión permanente sobre su forma de producir. Vinagre lo define con una idea que vale más que cualquier eslogan: “superar el estándar año a año”. Esa noción de mejora continua explica por qué la certificación se volvió estratégica en una industria exportadora. No se trata solo de exhibir un sello, sino de ordenar riesgos y sostener competitividad en mercados donde la evidencia pesa cada vez más.
El dato que muestra la escala del cambio
Hay una cifra que ayuda a dimensionar cuánto se expandió este modelo dentro del sector. En su memoria anual 2020, Vinos de Chile informó que el número de viñas certificadas era de 76 y que esas empresas representaban consistentemente el 80% de las exportaciones de vino embotellado. Más que un dato promocional, ese registro muestra que el Código dejó de ser una experiencia piloto para convertirse en una estructura relevante del negocio exportador. También revela algo menos visible: la sustentabilidad pasó a tener valor económico, no solo simbólico. Si una porción tan alta del vino embotellado exportado sale desde viñas certificadas, entonces el estándar ya no opera como una periferia reputacional, sino como parte del corazón competitivo de la industria. Esa es, probablemente, la razón por la que el debate ya no es si certificarse o no, sino cómo sostener y profundizar ese esfuerzo frente a exigencias nuevas.
El desafío que viene: clima, costos e inclusión
El vino chileno enfrenta un escenario más complejo que hace una década: menos agua disponible, temperaturas más altas, eventos extremos más frecuentes y presión internacional por demostrar resultados, no solo intenciones. A eso se suma una tensión clave para el futuro del sector: cómo ampliar estas prácticas sin dejar atrás a productores más pequeños, que muchas veces tienen menos espalda financiera y operativa para implementar auditorías, registros y mejoras continuas. Ahí se juega una parte importante de la credibilidad del modelo. Si la sustentabilidad queda restringida a las viñas con mayor escala, su alcance territorial será parcial. Si logra extenderse de manera gradual y verificable, Colchagua y otros valles podrán convertir esa experiencia en una ventaja más robusta. En el mejor escenario, el vino chileno no solo seguirá vendiendo origen y calidad, sino también una manera comprobable de producir.
Preguntas Frecuentes
Fuente: Wines of Chile, Sustentavid, Centro Tecnológico de la Vid y el Vino, Universidad de Talca


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